Aún recuerdo cuando me asomaba a ver la
lluvia por la ventana.
El olor a la tierra mojada inundaba
mis fosas nasales. Ese olor que galopa en mi mente despertando mis sentidos y
transportándome a mi infancia en aquella casa de calles sin asfaltar, donde mi
única meta era que saliera el sol para ver el arcoíris flotando en el muelle;
paisaje que se divisaba desde la ventana del dormitorio de mis abuelos.
Observaba a la gente pasar. Algunas
personas corrían a guarecerse, otras se cubrían bajo sus paraguas, otras pocas
caminaban empapados por el agua. Unos niños se divertían saltando dentro de los
charcos y pronto la calle comenzaba a quedarse vacía.
Rápidamente mi imaginación infantil se evadía para enfrascarse en las gotas de agua que se deslizaban por el cristal.
La mayoría de las gotas emprendían carreras hasta el final para terminar cayendo en picado hacia el alféizar de la ventana buscando libertad. Otras morían al final de una estrepitosa caída libre en un suicidio colectivo. Algunas se besaban en su camino con otras, fundiéndose en un romántico baile que las convertía en una mucha mayor adelantando a todas las demás.
Me quedaba allí ensimismada hasta que tú llegabas a mí. Impregnabas la habitación con la mezcla de loción de afeitado y el jabón que siempre usabas. Yo sabía que estabas allí, percibía que te acercabas sigilosamente, pero esperaba a que depositaras tu mano en mi hombro con ese contacto paternal que tanto me reconfortaba.
—¿Qué haces, negrilla? ¡Vamos a almorzar!
Y ahí que iba yo.
Rápidamente mi imaginación infantil se evadía para enfrascarse en las gotas de agua que se deslizaban por el cristal.
La mayoría de las gotas emprendían carreras hasta el final para terminar cayendo en picado hacia el alféizar de la ventana buscando libertad. Otras morían al final de una estrepitosa caída libre en un suicidio colectivo. Algunas se besaban en su camino con otras, fundiéndose en un romántico baile que las convertía en una mucha mayor adelantando a todas las demás.
Me quedaba allí ensimismada hasta que tú llegabas a mí. Impregnabas la habitación con la mezcla de loción de afeitado y el jabón que siempre usabas. Yo sabía que estabas allí, percibía que te acercabas sigilosamente, pero esperaba a que depositaras tu mano en mi hombro con ese contacto paternal que tanto me reconfortaba.
—¿Qué haces, negrilla? ¡Vamos a almorzar!
Y ahí que iba yo.
Hoy está lloviendo. Vuelvo a observar la lluvia por la ventana. Me reencuentro con las gotas, pero sin la visión infantil de entonces. Contemplo a las personas que pasan en la calle. De nuevo unos corren para cobijarse en portales o bajo los balcones.
Algunos se cubren con sus paraguas, otros pocos caminan empapados por el agua. Un grupo de niños se divierten chapoteando en los charcos. Las gotas hacen su danza en los cristales de la ventana. Nada parece haber cambiado con los años, sólo hay una diferencia: tú no vienes a buscarme. Ya no acaricias mi hombro, ni me indicas que vayamos a comer, no impregnas la habitación con tu olor. Hoy hay una diferencia. ¡Hoy te
extraño tanto!