martes, 20 de abril de 2021

NIÑOS PERFECTOS

 


Aquí desde mi rinconcito quiero compartirles un nuevo pensamiento que ronda por mi cabeza.

Muchas madres me comentan que tienen a sus hijos en actividades extraescolares todos los días de la semana. Tras preguntarles si es por sus horarios de trabajo, me responden, unas afirmativamente y otras negativamente.

Las que me responden negativamente, pocas de ellas la verdad, tienen a sus hijos en algún deporte, en alguna actividad que les han pedido ellos mismos, o incluso en alguna clase de apoyo para que logren llegar al nivel de la clase. Hasta aquí me parece correcto.

Lo que ya no me parece muy normal, a mi entender, es que, disponiendo de tiempo para pasarlos con ellos, los tengan toda la tarde ocupada con actividades hasta casi la extenuación. Y que ocurra la triste imagen que he visto en el colegio, de casi arrastrarlos camino a las extraescolares mientras el niño llora, pidiéndole que le deje hoy jugar en casa porque no le gusta ir a esa clase y además está cansado.

No quiero que mis hijos después de su jornada escolar estudien piano, idiomas u otras cuarenta mil cosas que ellos no quieran hacer. Deseo que hagan lo que les gusta; cuando han pedido apuntarse en algo que les ha interesado, tras la aprobación nuestra como padres, por supuesto, los he llevado.

Claro que tienen alguna tarea en casa. Desde luego también se les da alguna responsabilidad para que vayan madurando, pero procurando hacerlas acorde a sus distintas edades y con la flexibilidad necesaria para que disfruten de su tarde, si tienen mucho trabajo de clase para realizar en casa.

Porque quiero que lleguen a casa y dispongan de tiempo para hacer sus deberes, jugar, oír música y hasta aburrirse que creo algo totalmente bueno para despertar su creatividad y poner en práctica soluciones. No quiero que mis hijos sean autómatas y perfectos.

            En mi opinión, la perfección es una utopía, además de aburrida y monótona. Nadie es perfecto. Aquel que presenta una aparente perfección, suele ser el que más vacío se siente, el que más solo se encuentra, el que más deprimido se nota, el que más esconde sus emociones o el que más complejos tiene.

No me importa que mis hijos pongan la casa patas arriba jugando. No me importa que tenga que llevarlos al parque con las bicicletas. No me importa que me pidan hacer un postre juntos y la cocina quede como un chiquero. No me importa que me den la vara con el “me aburro” o “no sé a qué jugar”. Pronto ya no pasarán tantos momentos conmigo. Pronto irán a hacer sus vidas fuera del nido. Así que voy a disfrutar de ellos ahora, aunque haya momentos en que esté cansada, nerviosa o no tenga ganas. Eso pronto pasa y luego siempre agradezco haber disfrutado del rato con ellos.

Quiero a mis hijos como son, a esos hermanos que discuten entre ellos, pero que también se adoran a rabiar. Quiero a mis niños con sus perretas, con el “no me quiero bañar”, con el “no quiero dormir” con el “eso no me lo quiero comer”, y con el “¿por qué siempre pierdo yo?”, cuando jugamos en familia. Pero también con sus abrazos, sus besos, sus risas y sus “te quiero”. Les adoro y no quiero que cambien.

No, no quiero que mis hijos sean perfectos, quiero que sean niños y disfruten de serlo, como lo hice yo.